“Siempre que conseguimos unir una cosa abstracta a un símbolo, es como si un ciego recuparara la visión.”
Plinio Correa de Oliveira

Ambientes, Costum. y Civilizac.

Tres caras de la Revolución

Plinio Corrêa de Oliveira

En varias ocasiones hemos mostrado cómo la explosión protestante del siglo XVI, la revolución francesa del siglo XVIII y la revolución comunista del siglo XX constituyen tres fases de un inmenso movimiento, uno en el espíritu, objetivos e incluso métodos: la Revolución.

Hoy, voy a tratar de señalar algunas de las características del alma de este movimiento, es decir, algo del espíritu de la Revolución en las personas de tres de sus líderes.

Una sensualidad abrumadora

En la máscara de la muerte de Martín Lutero, un primer análisis revela la rudeza de sus facciones y confirma su nota característica de auto-importancia. También lo muestra como un demagogo rebelde, que predicó tantos errores y difundió la rebelión por todas partes, causando tanta sangre derramada.

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Pero la impresión que salta de inmediato y se convierte en definitiva, en la mente del observador, es de sensualidad, un amor exagerado por las delicias de todo orden.

Tatoo de la Guardia Real Noruega

La verdadera gloria sólo nace del dolor

Por Plinio Corrêa de Oliveira in “Catolicismo” - Ambientes Costumbres Civilizaciones

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A lo lejos una multitud asiste “con el habitual entusiasmo, como  es natural, a un desfile de los granaderos de la Reina en su uniforme de gala. Desde hace mucho, la táctica militar volvió inútiles uniformes como éstos, pantalones negros, chaqueta roja con cinturón y correas blancas, guantes blancos y un gran gorro de piel. Pero él se conserva para efectos morales: mantener la tradición del ejército y hacer sentir al pueblo el esplendor de la vida militar.

La gloria, en efecto, debe expresarse con símbolos. De ellos se sirve Dios para manifestar a los hombres Su propia grandeza. Y en ésto, como en lo demás, debemos imitar a Dios. Ahora, el uniforme de los granaderos, su marcha impecablemente acompasada y alineada, la ufanía con que el portaestandarte conduce el pendón nacional y el tambor mayor indica el rumbo de la marcha, el redoble de los tambores y el toque de los clarines, todo, en una palabra, expresa la belleza moral inherente a la vida militar: elevación de sentimientos, abnegación hasta la sangre, fuerza para emprender, arriesgar y vencer, disciplina, gravead, heroísmo.

Hay gloria, y verdadera gloria, brillando en todo este ambiente.

Pero, al final, ¿la gloria es sólo ésto? ¿Consiste en vestir uniformes anacrónicos, ejecutar maniobras que ya no tienen ninguna relación real con la batalla moderna, tocar tambores y clarines, y pisar firme en el suelo para adquirir para sí y dar a los otros la impresión de que es un héroe? ¿Consiste en avanzar valientemente en un campo sin obstáculos ni riesgos, como quien va al encuentro de un enemigo que no está presente?, ¿y ganar como premio los aplausos calurosos de la multitud? ¿Esto es la gloria? ¿O es teatro, representación, opereta?

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Dios no se encuentra en la agitación

Catolicismo Nº 114 - Junio de 1960
Por Plinio Correa de Oliveira

AMBIENTES, COSTUMBRES, CIVILIZACIONES
 
Es de noche. Se adivina el silencio absoluto que habita en la oscuridad que esta antigua y mal tratada fotografía fijó. El alma, en una atmósfera como ésta, se siente invitada a la reflexión. Todas las circunstancias, grandes o pequeñas, agradables, aburridas o incluso dolorosas de la vida cotidiana desaparecen. A solas consigo mismo, el hombre puede trascender de todo esto, y penetrar en la región superior del recogimiento, de la reflexión y del estudio.

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Se trata de una felicidad austera y sosegada. En una palabra, es una felicidad verdadera.
 
En nuestra fotografía esta felicidad se siente vivamente.
 
Tres luces están encendidas en ella. La menos importante es la que propiamente merece el nombre de luz: es la de la vela. Su reflejo sobre el libro constituye la segunda nota clara de la imagen. Se tiene la impresión de que el pensamiento contenido en el texto se hace luminoso. Y la luz de la vela y el reflejo en el libro iluminan el rostro, haciendo ver en él la luz más verdadera, que es la del alma atenta y sutil que lee.

La fuga para egipto

La pobreza y la dignidad de la Sagrada Familia

El Cruzado publica este maravilloso extracto de una conferencia proferida por el profesor Plinio Correa de Oliveira, sobre la realeza y dignidad de Nuestra Señora representadas en un fresco de Giotto.

Plinio Correa de Oliveira

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Vemos en la foto de este fresco, cuyo autor es el famoso pintor italiano, Giotto*, a Nuestra Señora emprendiendo el viaje rumbo a Egipto, montada sobre un simple burro, con todas las señales exteriores de la pobreza. San José marcha adelante guiando la montura.

A pesar de la penuria, la dignidad de María Santísima es la de una princesa. Llama la atención su porte erecto; su espalda no tiene la menor flexión. Es digno de notar la  postura de su cabeza altiva y la resolución con la que Ella enfrenta el viaje, sus incomodidades y riesgos.

San José camina al frente, atento en servir a su purísima esposa y al Niño Jesús. Ella no. Da la impresión de confiar en San José y de abandonarse enteramente a la protección de la divina Providencia. Por lo que está recogida en oración con el Niño, que se encuentra como dormido y agarrado a Ella. La actitud del Divino Infante da a entender la profunda intimidad existente entre Madre e Hijo.

Es adecuado imaginar que Ella dirija oraciones a Él en la intención de aquellos que están contemplando el cuadro...

* Fresco pintado entre 1302 y 1306 por Giotto di Bondone, que se encuentra en la Capela degli Scrovegni - Pádua (Italia)

Revista Catolicismo, diciembre 2006

Traducción: El Cruzado

Ambiente terreno que produce inapetencia de las cosas del Cielo

Por Plinio Corrêa de Oliveira

Vista nocturna de la Times Square de Nueva York. Todos los recursos de la propaganda luminosa están utilizados para deslumbrar al transeúnte, atraer de todos modos su atención, excitarlo de las más diversas maneras, para finalmente convencerle de que compre algo que normalmente no compraría.

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El cuadro famoso de Fray Angélico, representando a Santo Domingo en meditación, constituye un contraste chocante con la primera fotografía.¿Sería posible a la población de las “urbes” babilónicas de nuestros días conservar esa distensión psíquica espléndida, que prepara las almas para elevarse a las más altas esferas del estudio y de la meditación?

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¿Quién no ve que la agitación moderna aparta a la inmensa mayoría de los hombres del gusto de recogerse en Dios para estudiar y orar?

En el Cielo, dice San Agustín, “descansando contemplaremos, contemplando amaremos, y amando loaremos. Esto constituirá nuestro fin sin fin”. (De Civit. Dei, I. XXII. C, 30, n° 5)

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¿La agitación contemporánea prepara al hombre para comprender y anhelar esta felicidad?

Catolicismo, N° 120, Diciembre de 1960

Dos cuadros, dos mentalidades, dos doctrinas

Haga el lector un ejercicio de imaginación, y suponga que le sea posible regresar a los tiempos de Cristo, y visitar la habitación modesta donde vivía la Sagrada Familia en Nazaret. Al entrar, usted encuentra a la Virgen jugando con el Niño; y que dichas personas fuesen exactamente como Rouault (siglo XX) los imaginó en el cuadro que reproducimos a su izquierda.

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¿Esa imagen colmaría su expectativa? ¿Corresponde a lo que se debería esperar de la Madre de Dios, y del propio Verbo Encarnado? ¿Encontraría en esas figuras un reflejo auténtico del espíritu cristiano, de las virtudes inefables de Jesús y María? Evidentemente no. 

Por lo tanto, quien se empeñe en que el arte cristiano refleje de modo digno y apropiado el espíritu de los Evangelios y de la Iglesia, no puede ser indiferente a que cuadros de este género se generalicen entre los fieles. 

¿Qué terminará pensando y sintiendo sobre la Sagrada Familia un pueblo que tenga frente a sí obras pictóricas o escultóricas de este jaez? El arte cristiano tiene la misión de auxiliar dentro de sus posibilidades peculiares la difusión de la sana doctrina, y no se puede considerar que el espíritu de este cuadro sea propicio para dicho fin. 

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Para aclarar mejor estas afirmaciones, consideremos cuanto es eficaz, por el contrario, para hacer comprender por los sentidos lo que la Iglesia nos enseña sobre Jesús y María, este cuadro del “Maitre de Moulins”, (siglo XV) representando también a la Virgen y el Niño. 

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Plinio Corrêa de Oliveira, Catolicismo N° 6 Junio de 1951

La alegría que el demonio promete, pero que no da

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Esta escena es de la isla de Ischia, Italia, inmediatamente después de una tormenta. La naturaleza ha recobrado una apariencia alegre y una anciana campesina acompañada por sus niños - talvez sus nietos - está subiendo una colina. El camino no es de asfalto, no tiene cines ni cafés, tampoco pantallas de avisos o carteles luminosos. Nadie de este grupo de personas sueña con tener un Cadillac o ni siquiera un Lambretta. Todos están vestidos muy humildemente.

Cuando los hombres y las cosas del comercio vivían en la placidez

El Cruzado cita una magnífica reflexión del ilustre Profesor Plinio Correa de Oliveira, respecto al comercio "tradicional" y el actual, moderno, cargado de neurosis.

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En las aguas plácidas de este canal de la ciudad Belga de Gand, se reflejan hace siglos las fachadas típicas de algunos edificios de la Edad Media y del Renacimiento. Edificios que dan una singular impresión de equilibrio arquitectónico, por el contraste armónico entre su masa imponente, grave y sólida, y la decoración rica, variada y casi caprichosa de sus fachadas.

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¿Para que sirvieron primitivamente estos edificios tan recogidos y casi diríamos tan pensativos? ¿Residencias patricias? ¿Centros de estudios? No. Estaban ocupados por entidades de cuño corporativo.

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