El CRUZADO cita algunos trechos de la célbre encíclica de SS. León XIII, de feliz memoria. Si nunca Ud., querido lector, ha leído una encíclica pre-conciliar (anterior al C.Vaticano II) se impresionará. ¿Con qué? Con la claridad, la forma directa y enérgica con que un Papa enfrenta los males que aquejan a la Iglesia a él confiada. En estas encíclicas, no hay lugar a la duda, al relativismo o a segundas interpretaciones.
Es una denuncia heroica y sagaz, elocuente y caritativa del Sucesor de San Pedro.
Esta encíclica es particularmente importante para comprender los ataques que ha sufrido la Iglesia desde hace siglos, por parte de diversas herejías y fuerzas anticristianas, entre ellas, la masonería.
Se la recomendamos muchísimo, especialmente para comprender la situación en que nos encontramos, esto es, un mundo que se rebela contra Dios y que desprecia la verdadera Fe, la Fe Católica, con toda la amalgama de trágicas consecuencias que esto conlleva.
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LEON PP. XIII
7. La Reforma del siglo XVI y sus consecuencias.
A pesar de estas pruebas tan claras, continuas y nobles de su valor interno, vemos a la Iglesia, no menos en los tiempos modernos que en la Edad Media y en la Antigüedad envuelta en luchas, en cierto sentido, aun más implacables y penosas que antaño. A propósito de una serie de bien conocidas causas históricas, la llamada Reforma del siglo XVI levantó la bandera de la rebelión, tratando de herir a la Iglesia en pleno corazón, al combatir rabiosamente el Papado. Destrozó el vínculo de la anterior unidad de jurisdicción y de fe que había congregado bajo sus alas maternales a los pueblos, constituidos en una sola grey la que no pocas veces había duplicado sus fuerzas, su aprecio y su honor por la armonía de sus esfuerzos y fines. La Reforma inyectó en las filas de los fieles una discordia lamentable y perniciosa. No queremos afirmar con ello que ese movimiento intentaba eliminar, desde el principio, el imperio de las verdades sobrenaturales; pero al rechazar, por un lado, la preeminencia de la Sede Romana que es la causa efectiva y conservadora de la unidad, y al introducir, por otro, el principio de la libre interpretación, sacudió a fondo la construcción del divino edificio, abriendo el camino de innumerables cambios, dudas y negaciones, aun en cuestiones de suma transcendencia, en una medida que superó en mucho la previsión de los novadores.
8. Los ataques de las herejías del siglo XVIII.
De este modo, quedó abierta la bre-cha, sobre todo al añadírsele la falsa ciencia del siglo XVIII, tan pagada de sí misma como burlona, que sobrepujó la Reforma, convirtiendo en el blanco de su escarnio los libros de la Sagrada Escritura y rechazando de plano todas las verdades reveladas, con el fin de extinguir en la conciencia de los pueblos todo vestigio de la fe y toda huella de espíritu cristiano.
De estas fuentes brotaron las doctrinas del racionalismo y panteísmo, del natura-lismo y materialismo que con apariencias de novedad resucitaron antiguas herejías las que habían sido refutadas victoriosamente por los Padres y apologistas de los tiempos del cristianismo primitivo. Así se engaña el orgullo del tiempo moderno que no quiere tener en cuenta sino a sí mismo, negando, igual que el paganismo, las cualidades del alma y su destino inmortal que la distingue.
9. Ataques modernos más universales y decisivos.
La guerra que se mueve a la Iglesia se vuelve hoy día más decisiva que en el pasado no sólo en cuanto a su violencia sino especialmente por la amplitud del ataque, pues, la incredulidad moderna no se limita a la duda o la negación de estas o aquellas verdades de fe sino que combate más bien la totalidad de los principios consagrados por la revelación e insinuados por la recta razón, como son por ejemplo aquellas doctrinas santas y fundamentales que ilustran al hombre sobre el último fin de su existencia, que lo obligan a cumplir sus obligaciones, que le inspiran valor y seguridad, le prometen justicia invariable y felicidad perfecta más allá de la tumba, y, de consiguiente, le impulsan a subordinar el tiempo a la eternidad y la tierra al cielo. Y ¿qué le dan en cambio por estas enseñanzas que le quitan y por el incomparable fortalecimiento que le proporciona la fe? Una terrible inclinación a la duda que hiela los corazones y ahoga toda aspiración elevada del espíritu.
10. Los principios disolventes en la vida social y práctica.
Estas doctrinas perni-ciosas, desgraciadamente, saliendo del campo de las ideas, se abrieron paso, como sabéis, Venerables Hermanos, a la vida diaria y a las organizaciones de la sociedad. Grandes y poderosos Estados los llevan continuamente a la práctica y creen propulsar, de este modo, el progreso de la cultura general; ellos se sienten desligados del deber de honrar públicamente a Dios, como si los poderes públicos no debían reconocer y fomentar los mejores principios de la vida moral; y no pocas veces sucede que se glorían de su completa indiferencia con respecto a todas las religiones, combatiendo, sin embargo, la única verdadera.
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